La travesía de Sébastien Lifshitz

Sebastien Lifshitz La traversée

El principal rasgo distintivo de la poética de Sébastien Lifshitz es mostrar la homosexualidad como lo que es: algo normal y natural. En todas sus películas, los hombres son gays pero nunca estereotipos. La dimensión reductora que suele barnizar la homosexualidad en la pantalla no existe en su obra. Sébastien Lifshitz retrata el coming out sin el acostumbrado melodrama al que estamos habituados. Sus films están llenos de delicadeza y sensibilidad; apartándose voluntariamente de la comedia y abrazando la línea ética y estética del primer Gus Van Sant.

La Traversée Sébastien Lifshitz
Fotograma de «La Travesía»© Lancelot Films y CNC.

Los protagonistas de las películas de Lifshitz siempre están afectados por grandes tormentos interiores. El Mathieu de «Primer verano» (2000) -interpretado por el talentoso Jérémie Elkaïm– se fractura por dentro con la mirada descarnada de Cédric -otra actuación magistral de Stéphane Rideau tras alcanzar la cumbre en «Los juncos salvajes» (André Téchiné, 1994)- pero no llegamos a vislumbrar por qué. Solo sabemos que sufre. Cuando el amor entre ellos languidece Cédric atrapa la dignidad que Mathieu (encerrado en sí mismo) no puede llegar a atisbar. Y es que la soledad es otro de los estilemas del director francés; valga el ejemplo de Djamel en «Les terres froides» (1997): un muchacho víctima de un gran vacío tanto afectivo como sexual.

Les Terres Froides Sébastien Lifshitz
Fotograma de «Les terres froides» © Agat Films & Cie y La Sept-Arte.

En este sentido, «La travesía» (2001) continúa fiel al pulso dramático que recorre la trayectoria del cineasta: la búsqueda del hombre ideal, ya sea encarnado en un padre o amalgamado en la piel de un amigo. Aquí se dedica a seguir el rastro difuminado por una larga ristra de kilómetros de la figura paterna. Figura siempre ausente en sus historias ( bien porque abandona a su hijo –«Les terres froides»– o bien porque no para en casa –«Primer Verano»-).
Con el actor Stéphane Bouquet interpretándose a sí mismo y la voz fuera de campo del propio director, Lifshitz nos embarca en la búsqueda del progenitor. Filmando con insistencia la espalda de Bouquet adentrándose en los pasillos de los hoteles por los que pasa. Con la misma decisión con la que un padre podría observar a su hijo alejándose hacia un horizonte cerrado.

Sébastien Lifshitz: la mirada documentada

En «La travesía» estamos todo el tiempo abrazando el documental. Al inicio de la película, la dicción desapasionada de Stéphane Bouquet es muy irritante. Pero, poco a poco, y coincidiendo con el acercamiento al padre desaparecido, su expresión se torna más vehemente y voluptuosa. Las palabras se destapan y las frases se vuelven más fluidas. Es ahí cuando el texto alcanza su plena significación.

Primer Verano Sebastien Lifshitz
Fotograma de «Primer verano»© Lancelot Films, Man’s Films y Arte France Cinéma.

Visualmente, el director francés utiliza algunos efectos técnicos para descabezar emociones. Planos fijos, escenas estáticas -a la manera de Gus Van Sant en «My own private Idaho» (1991)- o la soberbia panorámica de un cementerio en el que paradójicamente Bouquet vence a las sombras y alumbra su recorrido vital. Y mientras esto sucede, nosotros (los espectadores) descubrimos las anchas carreteras de la Norteamérica profunda al compás de una selección musical muy ecléctica comandada por la mágica voz y las melodías redondas de Emmylou Harris. Marca de la casa: en «Primer verano», Sébastien Lifshitz no duda en acudir a saciar su sed musical al manantial de Perry Blake.

La Travesía Sebastien Lifshitz
Imagen de «La travesía»© Lancelot Films y CNC.

Al final, el trayecto deviene una desilusión (quizá la única característica que se repite en toda travesía interesante) marcada a fuego por una sentencia demoledora de Bouquet: «Esto es una pesadilla. Me estoy hundiendo dentro de Norteamérica». ¿Pensamiento visionario?

· Artículo publicado originariamente en el fanzine Mobo( en octubre de 2001 ·


Sébastien Lifshtiz Icono Queer

«Una niña ( Sébastien Lifshitz, 2020)»

Sébastien Lifshitz maneja como muy pocos directores las claves del género documental. Todo el saber fílmico que ha ido acumulando en la segunda década del siglo XXI -desde el fresco coral de las voces silenciadas de «Los invisibles» (2012) hasta la radiografía de la amistad de «Adolescentes» (2019)- explota en la conmovedora, impagable y desgarradora «Una niña» («Petite fille», en su versión original). Una película (estrenada en España con el tablero político descolocado por la onda expansiva de la la ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos LGTBI) que retrata la odisea profunda y abrumadora de Sasha (una niña de siete años confinada en un cuerpo de niño) y su inolvidable familia, en su intento de construir un horizonte de seguridad y felicidad. Arrimando miradas, gestos y diálogos de manera honesta y sensible, el director parisino consigue conformar una nueva cumbre en su carrera. GUSTAVO FORCADA


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