Treinta años sin La Lupe (1936 -1992)

Afirma Iris M. Zavala en "El bolero: historia de un amor" (Celeste, 2000) que La Lupe -fiera cenicienta moderna- lograba demostrar en cada canción que los verdaderos paraísos son los que hemos perdido. Cuando el 29 de febrero de 1992 (fecha extraviada donde las haya) a Guadalupe Victoria Yoli Raimond le explotó el corazón en pleno Nueva York, un pequeño soplo de aire tropical se instaló en nuestra memoria para siempre. En esa hanegada cerebral donde nostalgia y música se diluyen para recordarnos que el verdadero edén linda con el abismo. La Lupe mordió las canciones, las trufó de filin y nos las devolvió envenenadas. Traspasó guarachas, guajiras y boogaloos y le hincó el diente a la música popular de su tiempo. Atropelló los verbos y boicoteó estrofas enteras con una borrachera de inglés. Y zurció, a golpe de pasión, el hilo que la convertiría en diva. Ya son tres décadas sin sus amores gitanos ni sus tiranas. Esas lágrimas son pocas.

Con La Lupe llegó la revolución. Como una tempestad en el Caribe, Lupita arrasó con todo lo que la vida puso en su camino. Con cada uno de sus logros y con cada ingrato revés. Excesiva, apasionada y visceral, consiguió hacer de sus actuaciones verdaderos happenings contestatarios (a su manera, reflejos transoceánicos de los del propio Tristan Tzara).

Y es que La Lupe (como el alma mater del dadaísmo) mantuvo su propia lucha contra el orden establecido, concentrando su particular furia tropical en cambiar las injusticias de su infancia y adolescencia.

La Lupe Portada That Genius Called The Queen
Portada de «That Genius Called The Queen» © Cortesía de Fania Records/Craft Recordings.

Nacida un 23 de diciembre de 1936 en la capital del oriente cubano (Santiago), su familia se trasladó del barrio de San Pedrito a La Habana cuando ella era casi una veinteañera. La Yiyiyi, maestra de escuela más por obligación que por devoción, acabó lanzándose al mundo de la farándula a pesar de la negativa paterna.

A su padre (un humilde trabajador de Bacardí) le importunaba que su hija se alistase con el trío Tropicubas e iniciara un periplo artístico con paradas en clubs poco recomendables para una muchacha de bien. La Red, El Roco o El Vedado fueron testigos de sus primeros escarceos con la música. Sin embargo duró poco en el grupo. No se sabe bien si marchó de motu proprio u obligada. Pero lo cierto es que su fuerte personalidad y su forma de ser tuvieron mucho que ver en dicho adiós. Ese mismo coraje le permitiría destacar en su aventura como solista.

«Superlativa en todos los sentidos, era inevitable verla como ella misma se mostró: embriagadora, impúdica y salvaje.»

Al mismo tiempo que Cuba cambia radicalmente su rumbo (Fidel Castro rompe relaciones diplomáticas con los EE.UU. que poco después clavarían su garra en Bahía Cochinos), la santiaguera comienza a hacerse oír de manera imparable. Su más que singular forma de cantar e interpretar, de apropiarse de los temas, metabolizarlos y escenificarlos, le brindó simpatías y odios por igual entre los isleños.

La Lupe: el arte del frenesí

La Lupe provocó de todo menos indiferencia. Picasso, Sartre, Carmen Amaya o Hemingway (que la definió como «la creadora del arte del frenesí») fueron testimonios del éxtasis arrebatador que te embargaba al presenciarla en acción.

Superlativa en todos los sentidos, era inevitable verla como ella misma se mostró: embriagadora, impúdica y salvaje. No fue, ni de lejos, una revolucionaria convencional. Resultó irreverente de más por lo que nunca se dejaría domar. Incontrolable y procaz, había conquistado la libertad con demasiado dolor como para que le confiscaran la playlist de su cabaré.

Sería en 1962 cuando, convertida en un acontecimiento de popularidad y ventas, decide iniciar su «escapada» personal. Recalando primero en México para, pasando por Miami, instalarse en Nueva York de la mano de Mongo Santamaría y su espectáculo «Watermelon Man». Allí junto a Tito Puente o Chocolate Armenteros rubricó una de las páginas más suculentas de la música del siglo XX.

La Lupe Fania Anthology
© Cortesía de Fania Records/Craft Recordings.

Ella fue sin duda la Reina. Pero el final de su reinado se instaló en el olvido. Atrás quedaron sus directos en el Madison Square Garden, su participación en los carnavales de Caracas en 1967 (donde eclipsó por completo a Celia Cruz), sus escándalos televisivos (arremetía contra todo y contra todos, enseñaba sus pechos a los televidentes o incluso lanzó un grueso diamante a un espectador) y sus discos arrebatadores con las guarachas de Curet Alonso.

«Aquello que tanto la hizo destacar le iba a acarrear muchos problemas. Su carácter individualista y su mala fama impidieron su total integración en el panorama de la salsa mainstream«.

Si bien la música latina exigía de sus divas que fueran volcánicas y explosivas en el escenario, en su vida cotidiana debían ser algo más moderadas. Por supuesto La Lupe no iba a ejecutar, ni por asomo, semejante disección en su personalidad. Ella era igual de auténtica dentro y fuera del escenario.

Aquello que tanto la hizo destacar le iba a acarrear muchos problemas. Su carácter individualista y su mala fama (pocos se atrevían a contratarla cuando afloraron los rumores de ritos de santería) impidieron su total integración en el panorama de la salsa mainstream.

La Lupe es la Reina
© Cortesía de Fania Records/Craft Recordings.

Todo un rosario de desgracias personales no hará más que certificar, a lo largo de los años 80 del siglo XX, dicha tendencia crepuscular en su vida. Terminó arruinada de un modo típicamente USA. Su segundo marido enfermó gravemente y La Lupe tuvo que vender sus coches, sus joyas y su mansión de Nueva Jersey (antigua residencia de Rodolfo Valentino por la que años antes había pagado una cifra millonaria). Yoli acabó recurriedo al departamento de Bienestar Social del Bronx, se fracturó la columna vertebral colgando una cortina de ducha en el baño y sufrió el incendio de su apartamento en el que perdió todos sus efectos personales.

Fueron las manos de un predicador las que le devolvieron el andar, haciendo que consagrara sus fuerzas a la Iglesia Pentecostal «El fin se acerca». Incluso cantando himnos y salmos recordaba a La Lupe de antaño. El 29 de febrero de 1992 su corazón se partió para siempre.

La Lupe: it’s over, baby!

Tumbas de La Lupe y de Billie Holiday
Tumbas de La Lupe y de Billie Holiday en el St. Raymond’s Cemetery del Bronx neoyorquino. ©Pexels/Cuirhaus

Los árboles sureños producen frutas extrañas y algunos cementerios de la Costa Este norteamericana nos regalan gloriosas y retorcidas casualidades. Enclavado en una esquina (la sureste) del Bronx, entre la calle 177 y las avenidas Balcom y Lafayette, se extiende el St. Raymond’s Cemetery. El camposanto, organizado en dos grandes extensiones interconectadas entre sí (el «old» y el «new» cemetery) con millas de césped a ratos descuidado, guarda los restos de La Lupe. Allí la enterraron tras fallecer en el cercano Lincoln Hospital un 29 de febrero. La Queen tuvo la consideración de morir ese día para que la pena intermitente de su desaparición solo se remarcase en el calendario cada cuatro años.

Además, el azar se encargó de organizarle un encuentro póstumo con otra dama de su altura macerada en el mismo arte: Billie Holiday. Lady Day paseaba su fantasma de satén por el St. Raymond’s Cemetery desde el 17 de julio de 1959. Hace 30 años ya que ambas reposan separadas por apenas unas cuantas calles. Cantando el mismo blues.

El terremoto yiyiyi, con epicentro en Nueva York en la última etapa de su vida, dejó sentir su intensidad en The Big Apple más allá de su desaparición física. Costó, pero una de las callejuelas que cuartean el Bronx (encuadrada por la Cypress Avenue y la St. Ann Avenue) lleva su nombre: La Lupe Street. Y un musical basado en su vida: «La Lupe, my life, my destiny» escrito por Carmen Rivera e interpretado por Sully Diaz creció desde el pequeño «Puerto Rico Travelling Theatre» para instalarse, impulsado por un éxito desmedido de público, en el «Theatre Four» de la West 55th Street bajo cuya marquesina La Lupe unía en cada representación a nuyoricans orgullosos y neoyorquinos con pedigrí. Sin fronteras.

Amor verdadero


La Lupe Puro Teatro

A Lady and her music: Puro teatro

(Fania/Craft Recordings, 2010)

Llanto, quebranto, drama, pasión, desdén. Palabras rotundas. Como ella. Pero son las que acuden cuando planeamos sobre el impacto sonoro de sus «yi yi yi«, sus «ahí na’ má» y el timbre desgarrado de su garganta. Cada canción de la La Lupe es un tíquet para una montaña rusa instalada en mitad del Caribe, una atracción de amores verdaderos, simulados y locos. Y en este disco, auténtico tesoro del catálogo del sello Fania, hay 55 viajes asegurados. So, take it easy!

Todo sobre La Lupe: más de cincuenta canciones en las que los famosos «versos sencillos» de José Martí («Guantanamera a la Virgen de la Guadalupe»), boleros míticos («Puro Teatro») y un Tito Puente en estado de gracia («Porque así es que tenía que ser») comparten protagonismo con el «Fever» de John Davenport y Eddie Cooley en versión trash-boogaloo, un «Once we loved (Se acabó)» en el que nos rompe el corazón con un «se acabó in english means It’s over baby, all over» y un «Como acostumbro» que borra de nuestra memoria a Frank Sinatra.

Selección ecléctica donde Lupe Yoli demuestra que, digan lo que digan, es la Queen. Y que los sones y los cha-cha-chas nunca sonaron tan lúcidamente barriobajeros como cuando ella los decía. Imprescindible para neófitos en la religión de La Lupe y dogma de fe para acólitos. Apabullante. GUSTAVO FORCADA

  • Fania Records | Web
  • Imagen de cabecera: Composición a partir de una fotografía de La Lupe © Cortesía de Fania Records/Craft Recordings.

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